Los juegos finitos y el jugador infinito

Podemos vivir de dos maneras: como jugadores finitos y como jugadores infinitos.

Un juego finito se juega con la intención de ganarlo y un juego infinito se juega con la intención de seguir jugando.

No podemos jugar solos a un juego finito. Necesitamos que nos permitan jugar. Por ejemplo, si quiero entrar a la universidad a estudiar determinada carrera, necesito hacer un examen de admisión, o presentar el título de la secundaria. Los requisitos completos son los que me van a dar el pase y puedo empezar a estudiar.

Los juegos finitos son los juegos de la vida: el estudio, el trabajo, el entretenimiento, la familia, la clase social, etc.

Este concepto está tomado de un libro: Los juegos finitos y los juegos infinitos, y su autor es James P. Carse. Un libro genial.

Y es que nosotros vivimos la vida y sentimos la pulsión de vivir justamente para participar en estos juegos, que le van a dar un sentido a la vida.

Lo malo, porque en todo siempre hay dos lados, es que si pensamos que los juegos finitos son lo único que hay, y nos tomamos en serio el papel que tenemos en determinado juego, vamos a sufrir. Por qué?

Porque para cada uno de esos juegos hay un determinado número de reglas. Si quiero ganar la maratón, primero me tengo que inscribir. Voy a recibir un número, y si entrené bien, podré llegar al final de la carrera.

Ganar es un asunto de llegar primero, y los árbitros designados son los que van a declarar quién tiene el primer lugar.

Los juegos de la vida no son la vida. Son maneras de vivir la vida. Y como dijo mi maestro: "nosotros vivimos más dentro de nuestra pequeñez que dentro de nuestra grandeza. Y si vivimos de pequeñeces, nos volvemos pequeños"

Vivimos aquí pero no somos de aquí. Estamos hechos de polvo de estrellas. Tenemos una parte esencial que es inmortal. Eso nos capacita para ser jugadores infinitos que se divierten en los juegos finitos. Jugadores que no pretenden ganar los juegos, ni siquiera que estos se terminen. Los jugadores infinitos tienen la alegría de los inmortales, y juegan para compartir con los demás su alegría. No hay lugar, dentro de un juego inmortal, para la competencia, para destronar a nadie, para acumular títulos.

Un jugador infinito tiene plena consciencia de que su casa está en otro lugar, pero vive de lleno cada aventura de la vida.

El jugador infinito es como el mago: camina solo su propio camino. Encuentra a otros que siguen sus propios caminos. Comparte, se ríe, ama, pero sabe que su camino lo hace solo, porque comprende que nadie puede caminar el camino por otro.

Eso es lo importante. Pero nos han enseñado siempre que no podemos hacer nada solos. Que no somos nada solos. Que tenemos que buscar un padre amoroso que nos guíe, un dios que nos proteja, o un grupo de extraterrestres que nos salve.

Poniendo nuestra atención afuera de nosotros, nos olvidamos de nuestro ser esencial y de que dentro de nosotros, en potencia, se encuentran esas semillas de grandeza que nos van a permitir vivir plenamente, siguiendo nuestro propio camino.

Como decía Nietzsche, el ser humano es una cuerda sobre un abismo, que oscila entre el animal y el superhombre. Podemos quedarnos en la senda del animal, compitiendo, matando, robando, o bien, podemos enfocarnos en trascendernos.

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